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| 1 septiembre, 2020

Fotografía sin límites: imaginar es crear

La fotografía es más que apretar un botón. Cuando uno se sumerge en ese mundo, no se trata ya de tomar una foto, sino de imaginarla, crearla, construirla y, finalmente, la magia sucede.

Hace ya algunos días me retumbaba algo en la cabeza. “Necesito hacer, necesito crear”, me repetía una y otra vez internamente. Me desperté, en unos esos días de cuarentena que no tenés ganas de nada, y a la vez, de todo. Recorrí la habitación con la mirada, mis ojos se posaron sobre mi tan preciada cámara Nikon que reposa sobre el estante dónde la guardo, a continuación, mi vista continuó su camino hasta toparse con mi más reciente adquisición fotográfica: un mini estudio para tomar fotos a elementos o productos pequeños. Hoy es el día, reflexioné, hoy tengo que crear algo magnífico.

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Así comienza esta aventura. Una andanza que tiene pocos escenarios, que se centra en cuatro paredes, pero, que no por eso, deja de ser una hazaña, llena de dudas, frustraciones e incertidumbre. ¿Podré lograr un cuarto de lo que está volando en mi cabeza? ¿Se verá como imagino? ¿Mis fotografías trasmitirán lo que deseo? Ya les adelanto el tráiler: tal vez nunca logremos tal cual lo que está en nuestra cabeza, a lo sumo, con mucho esfuerzo y trabajo, podamos hacer algo parecido. Pero lo lindo no es eso, la magia está en salirse del guión, tirar el libreto y crear a partir de las dificultades que van apareciendo, confiar en que algo que no esperabas puede convertirse en tu más preciada obra fotográfica.

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Ahí estaba yo, poniéndome el barbijo para salir de compras. No sabía bien lo que necesitaba para las fotografías que quería hacer, tampoco lograba encontrar dentro de mi cabeza una idea creativa, que me impulsara con todas las fuerzas a tirarme sobre ella. Pensaba una y otra vez, cómo podía crear algo diferente, lleno de creatividad e imaginación, en cuatro paredes, sin poder salir, con algo que tuviera a mano. Y en ese momento, como por obra de un mago que hizo “clín” sobre mi cabeza, todos mis pensamientos tomaron forma para personalizarse en una única idea inspirada en incentivar a crear y desplegar toda creatividad aún en cuarentena. Las fotos que conforman la presente serie fotográfica siguen esta línea, es decir, tomar objetos de la vida cotidiana, quedarse en casa y simplemente gatillar una y otra vez la escena elegida.

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Como decía, fui al supermercado. Entre yogurt, galletitas y un shampoo las vi a ellas, mis protagonistas. Algo tan cotidiano, que forma parte de la vida diaria de la mayoría de las personas, se convirtió en el principio de lo que iba a ser un día entero de no hacer otra cosa más que fotografiar. Y en ese rincón del super, las elegí, una por una, examinándolas detenidamente, como si hicieran una especie de casting personal para mí. Pomelo, naranja, manzana, limón, lima, arándanos, moras y frambuesas. Estas frutas fueron las elegidas. Sin embargo, no podían estar solas. Para acompañar la escena necesitaba algo más. Y así, en bolsitas de madera, aparecieron uno tras otro en mi carrito, los demás personajes del elenco: nueces, pasas de uvas y tomates confitados.

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Volví a casa, desinfecté, lavé, ordené. Agarré todo lo necesario para sumergirme en ese mundo fantástico por horas. Cuchillo, tabla para cortar, copas de diferentes tamaños y platitos para cada uno de mis personajes. Armé el estudio, fondo negro pensé, sería un desperdicio opacar el color tan puro y fuerte de mis cítricos, o el enérgico verde de mi manzana y de la lima. Los frutos rojos me hicieron dudar, pero el contraste del negro con la textura firme de cada uno de ellos me terminó de convencer. Armé la primera escena, faltaba algo, sí, algo falta, pensé. Fui al patio y miré ampliamente el panorama, flores y hojas, eso faltaba para concretar mi escenografía. A cada fruta le asigné un equipo: una compañera del mismo color, un fruto seco que acompañe y una flor de la misma tonalidad. Lo demás, está a la vista y fue mágico. Antes de cada click, acomodaba, reordenaba, configuraba los valores de la cámara y luego, disparaba. No tengo presente en exactitud cuántas veces gatillé, pero recuerdo haber estado muchas horas, dentro de cuatro paredes, dejándome llevar por ese mágico momento que estaba sucediendo.

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Reflexiono, ahora, luego de ver una y otra vez los resultados finales: ¿por qué deberíamos frenar esos impulsos creativos que nos emergen desde lo más profundo de nuestro ser, sólo por no poder salir? Cualquier cosa que tengamos en casa puede ser fuente de inspiración: una hoja en blanco, un viejo pincel, un instrumento olvidado, una receta vista en Instagram por un pastelero famoso o, hasta algún programa de edición digital en la computadora. Esta serie fotográfica es un gran sí, sí a crear, sí a dejarse llevar y sí a seguir haciendo arte pese a este contexto que derribó todos nuestros esquemas.

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